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  • Akira Kurosawa en la década de los setentas

    Akira Kurosawa en la década de los setentas

    Akira Kurosawa, el gran director de cine japonés, sufrió una crisis en la década de los setentas, pues ninguna productora japonesa quería financiar sus costosas y exigentes películas. Hay que recordar que ya eran otros tiempos y la televisión había llegado a los hogares. Este ambiente llevó al «Emperador» Kurosawa a intentar el suicidio, pero felizmente no logró su cometido.

    Sin embargo, él jamás esperó que a finales de la década un par de jóvenes cineastas estadounidenses que acababan de tener un gran éxito comercial (George Lucas y Francis Ford Coppola que acaban de dirigir Star Wars y El Padrino) le propusieran financiar su siguiente película. Cuando este par se enteró que su gran maestro no conseguía financiamiento (habían crecido admirando su cine), no dudaron en invertir en él los millones que acababan de ganar. Así nació Kagemusha (影武者) de 1980.

    El maestro Kurosawa en el set de Kagemusha (影武者), 1980. Esta película marcará un antes y un después en su carrera artística, pues es su regreso a los dramas de época (jidaigeki).

    Antes de Kagemusha: el drama de época

    Donald Richie es el más grande historiador de cine japonés tanto fuera como dentro del país nipón. Fue íntimo amigo de los directores más representativos del cine clásico como Akira Kurosawa y Yasujirō Ozu. Esto le permitió conocer sus obras de una manera única y su aporte a las investigaciones sobre el cine japonés son extremadamente valiosas. En su libro «The Japanese Film: Art and Industry«, relata la importancia de los géneros en esta cinematografía y cómo la división en subgéneros es una característica propia. Por ejemplo, cuando se está frente a una película de samuráis (por las cuáles Kurosawa es tan conocido internacionalmente) es importante entender qué subgéneros existen detrás y lo que implican.

    Donald Richie (izquierda) junto a Akira Kurosawa (centro) en un set de grabación. La más completa biografía del director está escrita por dicho historiador.

    En el caso de una película de samuráis, éstas están inscritas en un género llamado jidaigeki (drama de época) que es opuesto a otro género famoso en Japón llamado gidaigeki (drama contemporáneo). El drama de época implica encontrarse con ciertos roles tradicionales de la historia del Japón antiguo previo a la era Meiji (1868-1912) como por ejemplo:

    • Comerciantes: los de alto rango llamados bantō o sus ayudantes conocidos como tedai.
    • Artesanos: esto varía dependiendo del periodo de la historia del Japón antiguo en la que esté inscrita la película.
    • Personajes del gobierno: también varía dependiendo del periodo histórico. Por ejemplo muchas películas son ambientadas en el periodo Sengoku (1467-1615) o en Edo (1603-1868) donde existía una clase samurái dominante y aparecen figuras como el daimyō (señores feudales) o shōgun (el militar con más poder luego del Emperador). Los films situados en el periodo Heian (794-1185) retratan otro tipo de personajes como los nobles de la corte imperial.
    • Guerreros: aquí entran los samuráis y los rōnin. Si la película se centra en ellos, aparece un subgénero: el chambara.
    https://www.youtube.com/watch?v=mKP5HuZ8QhQ

    En esta entrevista, George Lucas comenta sobre la maestría de Kurosawa y su influencia en Star Wars. Sobre todo recalca cómo lo influenció el jidaigeki llamado «La fortaleza escondida» (隠し砦の三悪人, Kakushi toride no san akunin) de 1958. Si buscan el argumento de la película, es clara la influencia para la creación los personajes R2D2, C3PO y más.

    El chambara es un subgénero donde Akira Kurosawa aportó un legado de elementos visuales como ningún otro director: desde el rōnin solitario hasta el exceso de sangre en cada pelea coreografiada. El chambara es el cine de acción de samuráis la cual es una palabra compuesta por dos onomatopeyas: «chanchan» es el sonido de dos espadas al chocar y «barabara» es el sonido de la carne tras ser cortada por una espada.

    Akira Kurosawa era un recurrente del chambara. Son estas producciones las que se asocian más con el director (aunque hizo bastantes dramas contemporáneos también). Algunas de sus obras dentro del subgénero son Los siete samuráis (1954), Yojimbo (1961), Sanjuro (1962) y Trono de sangre (1957). Un ejercicio interesante al revisar su filmografía es analizar cuántas de estas fueron antes de la crisis de la industria del cine japonés a mediados de los 60’s. La respuesta es solo dos (Kagemusha y Ran en la década de los 80’s).

    Estas obras tienen un alto costo de producción y los estudios cinematográficos no suelen estar dispuestos a financiarlas fácilmente. Es así como en la década de los setentas, el sextagenario Kurosawa comenzó a tener dificultades para que financien sus producciones (tanto sus jidaigeki como otras).

    Pero, ¿por qué si todo este tiempo había logrado que los grandes estudios financien sus películas -a pesar de los altos costos que implicaban- ahora ya no estaban dispuestos a hacerlo? La respuesta está ligada a la crisis de la industria cinematográfica donde la aparición de la televisión y la nueva ola de cineastas jóvenes independientes hicieron que la manera en la cual Kurosawa había estado acostumbrado a hacer cine, cambiara para siempre.

    Aquí comienza la crisis personal del propio Kurosawa que lo llevó a un intento de suicidio.

    La necesidad de un control absoluto le dio el título de «Tenno» (Emperador)

    Sin embargo, un componente vital para entender además por qué le fue difícil conseguir financiamiento es por su famoso perfeccionismo y porque como director él exigía la completa autoría de sus películas, es decir, no permitía que los directivos de los estudios editaran tomas o escenas con el fin de hacerlas más comerciables. Esto le causó muchísimos problemas en este nuevo panorama de la industria cinematográfica japonesa.

    Kurosawa era conocido como Tenno (El Emperador), por su estilo como director (aunque no era un título nada popular en el Japón posguerra). Era un perfeccionista que dedicaba enormes cantidades de tiempo y esfuerzo para lograr el efecto visual deseado. En Rashōmon, por ejemplo, tiñó el agua con tinta negra para lograr el efecto de lluvia intensa y terminó empleando todo el suministro de agua de la zona para crear una tormenta. En Trono de sangre, en la escena final en la que Toshirō Mifune es alcanzado por las flechas, Kurosawa empleó flechas reales disparadas por arqueros expertos desde cerca, que se clavaron a sólo unos centímetros del cuerpo de Toshiro Mifune.

    Trono de Sangre (蜘蛛巣城 Kumonosu-jō)​ de 1957. En la imagen Toshirō Mifune es alcanzado por las flechas. Aquí Kurosawa empleó flechas reales disparadas por arqueros expertos desde cerca, que se clavaron a sólo unos centímetros del cuerpo del actor.

    En Ran hizo construir todo un castillo en las laderas del Monte Fuji, sólo para quemarlo hasta los cimientos en la escena clímax de la película. Otras historias similares sobre el perfeccionismo de Kurosawa hablan de que mandó que se invirtiera el sentido del flujo de un arroyo, para lograr un mejor efecto visual, o que eliminó el tejado de una casa (para tener que reponerlo después) sólo porque le pareció que la presencia de ese tejado estropeaba una breve secuencia filmada desde un tren.

    Lluvia pintada en Rashōmon (羅生門) de 1950. Con este método logró que la lluvia torrencial adquiriera mayor fuerza (un elemento importantísimo en la película).

    Para ejercer un control así, tenía que mostrar un carácter con cualidades no muy atractivas, lo más cercano a un dictador. Acertadamente decía en un libro recogido por Donald Richie: “Aunque ciertamente no soy un militar, si comparas una unidad de producción con un ejército, entonces el guion es la bandera y el director es el comandante de la primera línea”.

    Los 70’s: la televisión y la industria de cine japonés

    Japón lideró la producción cinematográfica mundial desde 1950 a 1965 con más de 700 películas al año. Esta época se hizo conocida como «La edad de Oro», pues los logros artísticos y el cine comercial florecieron de forma simultánea.

    Los tres grandes directores que dominaron la edad dorada fueron Yasujirō Ozu, Kenji Mizoguchi y, por supuesto, Akira Kurosawa. Éste último nació en Tokio, un 23 de marzo de 1910. Dirigió 30 películas en media década de trayectoria (en 57 años), entre ellas algunas tan conocidas como Los siete samuráis, Rashōmon o Dersu Uzala. En la década de los cuarentas dirigió 10 películas; en los cincuenta 09 y en los sesentas 05. ¿Saben cuántas dirigió en los setentas? Solo dos. En la década de los ochentas repitió el mismo número y en los noventas fueron solo tres (falleció en 1998).

    Sin embargo, comenzaría la crisis de la industria cinematográfica a mediados de los sesenta y con ello el fin de “La edad de oro”. La entrada de la televisión en Japón trajo una falta de audiencia. ¿Qué hicieron los estudios? Recortar presupuesto, pero también pasó una cosa peculiar: La generación de jóvenes cineastas que emergió entre finales de los cincuentas y principios de los sesenta se rebeló contra lo que percibían como un sistema de estudios cada vez más rígido. Ellos fueron los primeros artistas que rechazaron la obra de sus mayores y buscaron una nueva estética más allá de las fronteras de Japón.

    Directores de mayor edad como Kurosawa se habían formado al amparo de un programa de aprendizaje que nutría sus ambiciones artísticas al tiempo que los dotaba de una formación técnica dinámica. En cambio, para la nueva hornada de cineastas, seguir el sistema de formación en un estudio era como subirse a un lento tren sin destino definido. Directores, guionistas, cámaras, etc debían escoger ahora entre someter su actividad a los convencionalismos de las fórmulas y los géneros establecidos o arriesgarse a romper con todo.

    Esto desató una crisis financiera donde muchos estudios como Daiei quebraron porque la audiencia japonesa comenzó a consumir producciones independientes, símbolo de la época.

    ¿Cómo se instaura Kurosawa en esta crisis? En 1965, tras el éxito de Barbarroja, su última película con Toshiro Mifune, el continuo ascenso de Kurosawa sufrió una brusca interrupción y su carrera se encontró repentinamente en la cuerda floja.

    Kurosawa sale de Japón y busca financiamiento en E.E.U.U

    El descubrimiento que Hollywood hiciera de su talento lo llevó a un contrato con la 20th Century Fox para co-dirigir una ambiciosa visión bilateral de la guerra del Pacífico llamada Tora! Tora! Tora! No pasó mucho tiempo antes de que hubiesen graves problemas de comunicación sobre el presupuesto, el tiempo de rodaje y lo que era más importante para Kurosawa: el montaje final. No le permitieron tener el control final de la película y lo acusaron de perfeccionismo extremo, tanto así que lo acusaron de loco. Pero si él había editado todas sus películas, ¿cómo lo van a contratar quitándole una parte tan esencial de lo que considera que es su cine como el control artístico?

    1971: El primer fracaso de taquilla en su trayectoria y el financiamiento de la Unión Soviética

    Por eso en 1970, tres amigos de la industria lo financiaron para que haga Dodesukaden, que Kurosawa hizo “en parte para comprobarle al mundo que no estaba loco”. Sin embargo, fue la primera vez que una película suya perdió dinero en taquilla. Tras un conocido desequilibrio emocional que venía desde Barbarroja, terminó por intentar suicidarse en 1971.

    En 1973, llegaría una oferta de la Unión Soviética para hacer una película financiada por la productora Mosfilm, tan conocida por hacer películas de Sergei Eisenstein. A Kurosawa siempre le había interesado la historia rusa Dersu Uzala y estuvo más que encantado de aceptar. Tras dos años de rodaje en Siberia, esta película ganó el Oscar a mejor película extranjera en 1976. Pero a pesar del éxito, siguió sin conseguir financiamiento.

    Acá es donde entran en el panorama Kagemusha, de 1980.

    Kagemusha: un antes y un después en su carrera artística

    Pero en 1977 un joven director llamado George Lucas (que acaba de estrenar el éxito taquillero Star Wars) decidió financiar al director que tanto lo había inspirado e influenciado: Akira Kurosawa. Cuando se enteró que no podía conseguir financiamiento para ningún nuevo proyecto le propuso ayudarlo y el director japonés le comentó sobre su proyecto más viable financieramente: Kagemusha, una historia épica sobre un criminal contratado para hacer de doble del agonizante daimio del clan Takeda y que termina con la famosa batalla de Nagashino de 1575. Es así como Lucas usa su influencia en el estudio estadounidense 20th Century Fox para que completen el financiamiento de la película y reclutó a su amigo Francis Ford Coppola (otro fan de Kurosawa) para la co-producción.

    Según cuenta Lucas, para la última secuencia de la batalla final se contrataron alrededor de 5000 extras y se filmó un día entero, pero en edición lo cortó a 90 segundos.

    Kagemusha fue un éxito en taquilla tanto en Japón como a nivel internacional. Ganó la Palma de Oro de 1980 y las buenas críticas y la gran acogida convirtieron esta película en el regreso de Kurosawa a proyectos nuevamente grandes. Gracias a esta película Kurosawa pudo centrarse en su nuevo jidaigeki: Ran, una épica sobre un daimio traicionado por sus hijos basada en la obra de Shakespeare El rey Lear.

    Bibliografía por si les interesa bucear en la industria del cine japonés clásico:

    The Japanese Film: Art and Industry de Donald Richie. Editorial Tuttle. (1959)

    Cine Japonés de Stuart Galbraith y Paul Duncan. Editorial Taschen. (2009)

  • Entre la poesía y la violencia: Hotaru no haka

    Entre la poesía y la violencia: Hotaru no haka

    Empiezo confesando que no soy un especialista en la animación japonesa, ni siquiera en el cine de animación en general, que es un mundo muy vasto y complejo. Tampoco he visto alguna otra película de Isao Takahata, el director de La Tumba de las Luciérnagas. Mi acercamiento a esa cinta ha sido, pues, la de un espectador desprejuiciado, más o menos ignorante del asunto y el género del filme, pero abierto e interesado en lo que iba a ver.
    Mi impresión sobre esta película de itinerario, suerte de fábula moral sobre el horror y la belleza como experiencias básicas para el aprendizaje de la vida, fue contradictoria. Por un lado, la película evoca en mí las travesías físicas y morales de las cintas del neorrealismo italiano de la inmediata post-guerra. Esa asociación tal vez haya sido provocada por la presencia de dos niños protagonistas que recorren un paisaje devastado por la guerra y eso les enseña en un principio a sobrevivir, pero también a morir. Los recuerdos del cine de Roberto Rossellini, como Alemania, Año Cero (1947) o Europa ‘51 (1951) son inevitables.

    Y es que en esas películas, como en La Tumba de las Luciérnagas, los espectadores nos vinculamos, solidarios, con esa mirada entre aterrada y perpleja que mantienen los niños sobre una agresividad que no entienden, sobre un mundo que se desordena ante sus ojos y se vuelve caótico e inexplicable. Ellos hacen un trabajo de duelo (en este caso, de la figura materna) interminable. No pueden deshacerse de la figura perdida porque ella se reactualiza a cada paso en la destrucción de su entorno. En La Tumba de las Luciérnagas vemos ruinas, bombardeos, matanzas, un mundo en crisis. Y, sin embargo, la película pone un filtro emocional entre la barbarie y lo que vemos.
    Es que la fuerza y el carácter perturbador de este filme viene dado por la posición en la que se ubica. Mantiene una equidistancia entre la representación realista y la deriva onírica. Se trata de una cinta de animación y sus grafías nos alejan de modo casi esencial tanto del fresco realista como de la visión subjetiva y fantástica desbocada. Viendo la película, recordamos un episodio narrado por Akira Kurosawa en su autobiografía. Luego de un terremoto que asoló Tokio en los años veinte, su hermano mayor le llevó a recorrer la ciudad en ruinas. Los cadáveres descompuestos se apilaban y el niño Kurosawa cerraba los ojos ante el horror acumulado. Su hermano, en cambio, le decía que abriera los ojos, que mirara ese paisaje, que no lo olvidara. Que la experiencia de formación pasaba también por eso. Es la paradoja de enfrentar el horror con la conciencia y la lucidez. Y eso sentimos frente a La Tumba de las Luciérnagas: el horror está allí para contemplarlo con la mirada bien atenta.

    Pensemos tan sólo lo que sería una película con actores de carne y hueso en un drama así: la dimensión melodramática de la situación sofocaría nuestra capacidad crítica. No ocurre lo mismo tratándose de una película de animación. Y es que en esta vertiente del cine, podemos aceptar los hechos más terribles y conmovedores porque tenemos la salvaguarda de la convención del trazo gráfico, el esencial irrealismo provocado por el uso de las técnicas de animación, el pacto que mantenemos con esa irrealidad con el fin de dar fe de su verosimilitud. En la animación, las representaciones más alucinadas y grotescas (las escenas de destrucción masiva, la monstruosidad, la distorsión en la representación de los espacios físicos) adquieren una dimensión plástica que resulta atractiva, seductora, convincente y, por qué no, bella. La animación se impone por sus formas y colores, por la “falsedad” esencial de sus trazos, por el carácter ilusorio de su movimiento. Y en este campo, hasta la potencia emocional de una historia como la narrada por La Tumba de las Luciérnagas se hace admisible y la sentimos próxima.
    Y, sin embargo, las dimensiones de la realidad y la fantasía están presentes. Takahata tiene entre manos un material dramático de gran sordidez. Los protagonistas recorren una tierra baldía en la que sólo resta caer vencido por la inanición. Hay una dimensión cotidiana muy fuerte en la película, pues es el relato de dos figuras que atraviesan un mundo hostil. Y en medio de eso, se crea un lugar para lo imaginario. Los bombardeos, el fuego, la desnutrición, el esfuerzo físico, la hostilidad del mundo conviven con la luz de las luciérnagas. Por un lado, el documento se transfigura en trazos, líneas y colores animados; por el otro, irrumpe a cada momento el destello de la violencia o la poesía.
    La puesta en escena de la película sigue tres movimientos o fases. En la primera, se presenta a los personajes en su entorno; ése es el filón realista del asunto. La cámara sigue su travesía y nos informa de las circunstancias en que viven y el modo en que sus vidas se alterarán para siempre. Luego, en una segunda fase, la cámara se aproxima a los personajes y los enfrenta a sus sueños y pesadillas: el recuerdo de la madre es una presencia permanente y las luces de las luciérnagas aparecen. En el tercer movimiento, ellos están ya inmersos en su espacio imaginario. Las luciérnagas forman parte de su realidad. La dinámica del relato se basa en una alternancia entre lo de fuera y lo de dentro, entre la violencia y el reposo, entre el camino que no termina y los remansos de colaboración entre los hermanos, que se expresan en visiones compartidas.
    Impresiona además en la película el uso discreto, pero enérgico, de la elipsis. Por ejemplo, el director no necesita mostrarnos la muerte de la niña: simplemente la prepara y la sugiere. Cuando nos enfrentamos a ella, ya es un hecho irreversible. Hemos visto el proceso, pero sin sentir el pathos de las situaciones.
    Por cierto, existe una tradición en el cine japonés que nos presenta las relaciones entre dos personas que comparten el mundo de la violencia y la poesía, el de la tranquilidad y el sobresalto, el de la luz del fuego y el de las luciérnagas. Es el mundo de Takeshi Kitano en Flores de Fuego (1997) o El Verano de Kikujiro (1999); es el de Akira Kurosawa en Dodes’kaden (1970) o algunos episodios de Sueños (1990). Todas esas películas hablan de la muerte y la violencia que coexiste con el color de los cere­zos y el sabor del sake. Pero eso nos llevaría a un tema que podríamos desarrollar en otra edición de esta revista.
    Ricardo Bedoya Wilson, abogado de profesión, está vinculado al cine desde hace mucho. Es autor de diversos libros y artículos, y actualmente es profesor de la especialidad en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima. Alterna la docencia con la conducción del programa televisivo “El Placer de los Ojos” por la señal abierta de TNP.