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  • Entre la poesía y la violencia: Hotaru no haka

    Entre la poesía y la violencia: Hotaru no haka

    Empiezo confesando que no soy un especialista en la animación japonesa, ni siquiera en el cine de animación en general, que es un mundo muy vasto y complejo. Tampoco he visto alguna otra película de Isao Takahata, el director de La Tumba de las Luciérnagas. Mi acercamiento a esa cinta ha sido, pues, la de un espectador desprejuiciado, más o menos ignorante del asunto y el género del filme, pero abierto e interesado en lo que iba a ver.
    Mi impresión sobre esta película de itinerario, suerte de fábula moral sobre el horror y la belleza como experiencias básicas para el aprendizaje de la vida, fue contradictoria. Por un lado, la película evoca en mí las travesías físicas y morales de las cintas del neorrealismo italiano de la inmediata post-guerra. Esa asociación tal vez haya sido provocada por la presencia de dos niños protagonistas que recorren un paisaje devastado por la guerra y eso les enseña en un principio a sobrevivir, pero también a morir. Los recuerdos del cine de Roberto Rossellini, como Alemania, Año Cero (1947) o Europa ‘51 (1951) son inevitables.
    Y es que en esas películas, como en La Tumba de las Luciérnagas, los espectadores nos vinculamos, solidarios, con esa mirada entre aterrada y perpleja que mantienen los niños sobre una agresividad que no entienden, sobre un mundo que se desordena ante sus ojos y se vuelve caótico e inexplicable. Ellos hacen un trabajo de duelo (en este caso, de la figura materna) interminable. No pueden deshacerse de la figura perdida porque ella se reactualiza a cada paso en la destrucción de su entorno. En La Tumba de las Luciérnagas vemos ruinas, bombardeos, matanzas, un mundo en crisis. Y, sin embargo, la película pone un filtro emocional entre la barbarie y lo que vemos.
    Es que la fuerza y el carácter perturbador de este filme viene dado por la posición en la que se ubica. Mantiene una equidistancia entre la representación realista y la deriva onírica. Se trata de una cinta de animación y sus grafías nos alejan de modo casi esencial tanto del fresco realista como de la visión subjetiva y fantástica desbocada. Viendo la película, recordamos un episodio narrado por Akira Kurosawa en su autobiografía. Luego de un terremoto que asoló Tokio en los años veinte, su hermano mayor le llevó a recorrer la ciudad en ruinas. Los cadáveres descompuestos se apilaban y el niño Kurosawa cerraba los ojos ante el horror acumulado. Su hermano, en cambio, le decía que abriera los ojos, que mirara ese paisaje, que no lo olvidara. Que la experiencia de formación pasaba también por eso. Es la paradoja de enfrentar el horror con la conciencia y la lucidez. Y eso sentimos frente a La Tumba de las Luciérnagas: el horror está allí para contemplarlo con la mirada bien atenta.
    Pensemos tan sólo lo que sería una película con actores de carne y hueso en un drama así: la dimensión melodramática de la situación sofocaría nuestra capacidad crítica. No ocurre lo mismo tratándose de una película de animación. Y es que en esta vertiente del cine, podemos aceptar los hechos más terribles y conmovedores porque tenemos la salvaguarda de la convención del trazo gráfico, el esencial irrealismo provocado por el uso de las técnicas de animación, el pacto que mantenemos con esa irrealidad con el fin de dar fe de su verosimilitud. En la animación, las representaciones más alucinadas y grotescas (las escenas de destrucción masiva, la monstruosidad, la distorsión en la representación de los espacios físicos) adquieren una dimensión plástica que resulta atractiva, seductora, convincente y, por qué no, bella. La animación se impone por sus formas y colores, por la “falsedad” esencial de sus trazos, por el carácter ilusorio de su movimiento. Y en este campo, hasta la potencia emocional de una historia como la narrada por La Tumba de las Luciérnagas se hace admisible y la sentimos próxima.
    Y, sin embargo, las dimensiones de la realidad y la fantasía están presentes. Takahata tiene entre manos un material dramático de gran sordidez. Los protagonistas recorren una tierra baldía en la que sólo resta caer vencido por la inanición. Hay una dimensión cotidiana muy fuerte en la película, pues es el relato de dos figuras que atraviesan un mundo hostil. Y en medio de eso, se crea un lugar para lo imaginario. Los bombardeos, el fuego, la desnutrición, el esfuerzo físico, la hostilidad del mundo conviven con la luz de las luciérnagas. Por un lado, el documento se transfigura en trazos, líneas y colores animados; por el otro, irrumpe a cada momento el destello de la violencia o la poesía.
    La puesta en escena de la película sigue tres movimientos o fases. En la primera, se presenta a los personajes en su entorno; ése es el filón realista del asunto. La cámara sigue su travesía y nos informa de las circunstancias en que viven y el modo en que sus vidas se alterarán para siempre. Luego, en una segunda fase, la cámara se aproxima a los personajes y los enfrenta a sus sueños y pesadillas: el recuerdo de la madre es una presencia permanente y las luces de las luciérnagas aparecen. En el tercer movimiento, ellos están ya inmersos en su espacio imaginario. Las luciérnagas forman parte de su realidad. La dinámica del relato se basa en una alternancia entre lo de fuera y lo de dentro, entre la violencia y el reposo, entre el camino que no termina y los remansos de colaboración entre los hermanos, que se expresan en visiones compartidas.
    Impresiona además en la película el uso discreto, pero enérgico, de la elipsis. Por ejemplo, el director no necesita mostrarnos la muerte de la niña: simplemente la prepara y la sugiere. Cuando nos enfrentamos a ella, ya es un hecho irreversible. Hemos visto el proceso, pero sin sentir el pathos de las situaciones.
    Por cierto, existe una tradición en el cine japonés que nos presenta las relaciones entre dos personas que comparten el mundo de la violencia y la poesía, el de la tranquilidad y el sobresalto, el de la luz del fuego y el de las luciérnagas. Es el mundo de Takeshi Kitano en Flores de Fuego (1997) o El Verano de Kikujiro (1999); es el de Akira Kurosawa en Dodes’kaden (1970) o algunos episodios de Sueños (1990). Todas esas películas hablan de la muerte y la violencia que coexiste con el color de los cere­zos y el sabor del sake. Pero eso nos llevaría a un tema que podríamos desarrollar en otra edición de esta revista.
    Ricardo Bedoya Wilson, abogado de profesión, está vinculado al cine desde hace mucho. Es autor de diversos libros y artículos, y actualmente es profesor de la especialidad en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima. Alterna la docencia con la conducción del programa televisivo “El Placer de los Ojos” por la señal abierta de TNP.
  • En este rincón del mundo: estreno Cineplanet

    En este rincón del mundo: estreno Cineplanet

    Una obra maestra. Esas tres palabras les ahorrarán todo lo que tenemos que decir sobre Kono Sekai no Katasumi ni (En este rincón del mundo). Pero les sugerimos ahondar en las razones por las que llegamos a esa conclusión, en la crítica a uno de los mejores animes creados hasta la fecha.

    Es cierto. Hiroshima de Mori Masaki (1983) y La tumba de las luciérnagas de Isao Takahata (1988) son dos estremecedores testimonios dentro el género, que contaron los terribles estragos que dejó la Segunda Guerra Mundial con su terrible acto final hacia Japón.

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    Hadashi no Gen
    Hadashi no Gen

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    Hotaru no Haka
    Hotaru no Haka

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    Kono Sekai no Katasumi ni
    Kono Sekai no Katasumi ni

    Pero a diferencia de la crudeza y gore en ambos clásicos, el director Sunao Katabuchi se basa en el manga que Fumiyo Kōno (oriunda de Hiroshima) concibiera en 2007, logrando de una forma casi artesanal una animación impecable y de corte tradicional que, sin embargo, se atreve a explorar algunos estilos visuales que invitan al cinéfilo a experimentar las emociones abstractas de su valiente protagonista, una talentosa dibujante. Suzu Urano es una tierna joven que es llevada –tras un matrimonio arreglado– a una población más o menos distante de su natal Hiroshma: el puerto de Kure, lugar donde se encuentra la base naval más importante durante la guerra. La historia ofrece un prólogo con la infancia de Suzu que presenta elementos que se hilan más tarde, pero básicamente la historia transcurre entre los años de 1944 y 1945, culminando con los despiadados bombardeos nucleares a Nagasaki e Hiroshima y la eventual rendición de Japón, todo esto desde el punto de vista de los inocentes pobladores de algunas de las regiones más modestas de aquél país oriental. La cinta dura 129 minutos, tiempo poco convencional para un filme animado (que en promedio oscilan entre los 90 minutos), pero no se salgan durante los créditos finales, ¡son un epílogo en sí mismos!

    Como les he dicho, esta no es una historia de guerra… de hecho es una historia de paz. De cómo alguien tan “débil” como una joven mujer puede tener la fuerza e ingenio para sacar adelante a toda una familia, ya sea creando recetas de cocina que sacien los estómagos de sus seres queridos en tiempo de escasez o unificando a los suyos tras un devastador e inesperado suceso.

     

    En este rincón del mundo llega a Latinoamérica a través de la distribuidora Arcade Media y se exhibirá este viernes 25, sábado 26 y domingo 27 de agosto (2017) en 10 complejos de Cineplanet en Lima. Más información y preventa en la web de Cineplanet Perú: www.cineplanet.com.pe/pelicula/en-este-rincón-del-mundo

  • Hotaru no Haka

    Hotaru no Haka

    (La tumba de las luciernagas)

    Seita muere de inanición el 21 de setiembre de 1945, ya terminada la Segunda Guerra Mundial, en una estación de trenes japonesa ante la indiferencia de la gente, que no atina a hacer nada. Más tarde, los empleados de limpieza del lugar lo recogen y tratan como a un vil perro muerto, y toman de entre sus ropas una pequeña lata de caramelos que luego arrojan al jardín. De ella salen los recuerdos y el espíritu de Seita y su hermanita Setsuko para recorrer la trágica historia que los llevó a una muerte tan prematura e inmerecida. Seita y su hermana vivían con su madre. El padre, oficial de la marina japonesa, luchaba junto a la flota del sol naciente contra los aliados. En uno de los tantos ataques con bombas incendiarias, Seita y Setsuko se separan de su madre. Ésta es alcanzada por las llamas y queda totalmente quemada. Al enterarse de lo ocurrido, Seita se lo oculta a su hermana, y poco después la madre expira. Completamente solos, los chicos buscan alojamiento en la casa de una tía que los acoge, aunque Seita tampoco no le dice nada de su madre. En una de tantas, Seita confiesa su pena a la señora, pero le pide no decirle nada a su hermana. La escasez de alimentos debido a la guerra es muy grave, por lo que Seita empieza a vender las cosas de su progenitora para ayudar con la comida. Su tía se alegra por ello y utiliza la comida que los chicos habían ocultado, pero da de comer más y mejor a su propia familia antes que a ellos. Estas ventas forzadas sólo alargan la carestía, y por último todas las pertenencias de Seita se agotan. Esto aumenta la tensión entre la señora y los niños, sobre todo por que Seita no hace absolutamente nada por conseguir un trabajo y ayudar así a conseguir comida. Setsuko llora de noche recordando a su madre. La situación se vuelve insostenible cuando la niña le reclama a la tía por estar comiendo lo que se supone es comida de ellos. Seita tiene luego que preparar él mismo sus alimentos, pero, cansados del acoso de la tía, los dos deciden irse de la casa con lo poco que tienen. Todos los momentos pasados son revividos por el espíritu de Seita, quien recuerda y vuelve a sufrir aquellos vejámenes.

    Una vez fuera de la casa, ambos se instalan en un refugio para bombardeos abandonado en las afueras de la ciudad y tratan de sobrevivir, tarea cada vez más difícil pues no cuentan con dinero para comprar alimentos. En un principio, Seita los consigue comprándolos de los agricultores aledaños, pero en un momento éstos se niegan a venderle más pues ya no les alcanzan ni para ellos mismos.

    Una noche, los hermanos capturan muchas luciérnagas en una olla e iluminan su soledad con sus pequeñas luces, que recorren las paredes del refugio. Seita habla de las glorias de su padre en la marina y Setsuko se duerme. Solo y en silencio, Seita reflexiona pensando por qué su padre nunca le respondió las cartas que él le enviara y en las cuales le narraba su situación. Los dos hermanos organizan lo poco que tienen para tratar de hacer que dure lo más posible. Pero Setsuko enferma, víctima de la desnutrición, y su ánimo decae cada vez más. Seita se entera de boca de su hermana que ya sabía de la muerte de su madre pues su tía se lo había contado. La pequeña prepara una tumba para las luciérnagas y Seita le promete que algún día la llevará al lugar en que descansa su madre; otra mentira, pues él guarda la caja con algo de las cenizas del inmenso crematorio público donde fue echado el cadáver. Con la guerra en su punto mas álgido y su hermana con diarreas constantes, la situación toca un punto en que a Seita no le queda otra que robar comida para sobrevivir y sobre todo para alimentar a su hermana. Una de tantas noches es capturado y apaleado por un furioso propietario, quien luego lo deja en manos de un policía. Éste se apiada del joven y lo deja ir, pero Seita está poseído por un orgullo que no le deja pensar y mucho menos pedir ayuda. Cae más y más en la degradación y apresura el inminente final. El joven empieza a robar en las casas del pueblo aprovechando que la gente va a los refugios durante los bombardeos. Apenas iniciado uno, Seita corre de casa en casa y se lleva comida y cosas para vender; sin embargo nadie las compra pues se dan cuenta de su dudosa procedencia. Setsuko, cada vez más débil, es llevada por Seita donde un médico y éste le receta únicamente que debe comer mejor, y nada más, ni una medicina ni un poco de comida. Seita reclama por ayuda, pero todo está tan difícil que nadie puede ayudar a los demás.

    En un desesperado intento, Seita retira todo el dinero que había en las cuentas bancarias de la familia, y en el banco se entera de que Japón perdió la guerra y toda la flota japonesa fue arrasada. El joven no puede creerlo pero la realidad le da de lleno: su padre no le ha escrito pues lo más probable es que también esté muerto. Seita llega con muchas provisiones al refugio pero ya es demasiado tarde: su hermana delira y luego entra en un sueño profundo del que no despertará jamás. Seita pasa una noche de tormenta abrazado al cadáver de su hermana. Al día siguiente, se prepara para cremar a su hermana. No lo puede hacer en un templo, así que elige una colina, prepara una pira funeraria y le prende fuego al cuerpo de la pequeña a la que no pudo proteger. Pasa todo el día al lado de las cenizas y luego come todo lo que quedaba del alimento que compró para su hermana. Seita muere tratando de recordar qué día es, y su espíritu, por fin libre tras la muerte, se reúne con el de Setsuko en la colina donde cremó su cuerpo. Juega con la que fuera la pequeña lata de dulces que Seita le daba a su hermana cada vez que lloraba de hambre. Ambos se ven fuertes y rollizos, sin ningún rastro de todos los sufrimientos padecidos. Ésta es una historia de las decisiones equivocadas de la gente. A lo lejos, vemos un Japón moderno y desarrollado, con sus altos edificios y su floreciente sociedad, que parece haber olvidado totalmente los horrores de la guerra y las penurias de sus protagonistas.