Gunbuster: una genealogía del terror

 Gunbuster: una genealogía del terror

Creo que el ánime, como toda la cultura popular del siglo XX y XXI, hunde sus raíces en la literatura del “largo siglo diecinueve”, como la llama el historiador británico Eric Hobsbawn. Así, entre la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial, asistimos a la lenta destrucción del Antiguo Régimen, que unía a las monarquías hereditarias con la Iglesia católica o reformada, y a la ascensión de los nacionalismos, la burguesía y el método científico. Es esta última, con su “episteme moderna”, siguiendo la lectura del filósofo francés Michael Foucault, la que generaría un ansia infinita por describir y entender cada uno de los fenómenos del universo, bajo el imperativo sapere aude del poeta latino Horacio, que había sido recordado nuevamente por Immanuel Kant. Sin embargo, este amor desmedido por explicar causal y racionalmente el mundo, terminaría por “desencantarlo” un poco. Es decir, por desterrar del mismo al milagro, la fantasía y la maravilla; los cuales, para beneficio de los buenos lectores, pasarían a engrosar los casilleros de algunos géneros muy populares en la actualidad como el fantástico, la ciencia ficción y, por supuesto, el terror.

Sería un sinsentido afirmar que el terror nace en las postrimerías del siglo XVIII, porque ya está presente en los mitos griegos (p.e. Perseo y la Gorgona) o en los relatos bíblicos (p.e. la historia de Eliseo y los niños), pero su finalidad en ambas tradiciones es enseñar, no entretener. Por ello, no podemos hablar de literatura de terror, con propiedad, hasta la aparición de la novela gótica, es decir, hasta 1765 con El castillo de Otranto del inglés Horace Walpole. Aquí ya tenemos los elementos característicos de este subgénero: un castillo antiguo, una serie de muertes inexplicables y un fantasma vengativo.Ahora bien, si el terror como género de entretenimiento nace un poco antes de 1789; su renovación ocurre un poquito después de 1914, específicamente, en 1921, con la publicación del cuento “La ciudad sin nombre” del estadounidense H. P. Lovecraft, la cual inicia el ciclo de Cthulhu. Con ello, se inicia el horror cósmico, porque a una era que casi lo había desentrañado todo, solo le restaban dos espacios por explorar: la profundidad del océano y la inmensidad del universo. La aparición de unos alienígenas espeluznantes que habitan bajo las aguas del océano Pacífico era la culminación del inexorable paso del espiritualismo rezagado de la narrativa gótica al materialismo de un terror más acorde con el polarizado y “corto siglo veinte”.

Lo que sigue, como siempre, es el salto al cine. Desde It! The Terror from Beyond Space (1956) de Edward L. Cahn –que es también un homenaje a la creación de Frankenstein encarnada por Boris Karloff– hasta Life (2017) de Daniel Espinosa, pasando por la merecidamente célebre Alien (1979) de Ridley Scott, tenemos una genealogía de monstruos que son responsables deque varias generaciones de cinéfilos no puedan conciliar el sueño. Su versión edulcorada, a partir de la primera serie de Star Trek (1966), con inteligencias extraterrestres humanoides y menos terroríficas también ha calado hondo en la cultura popular actual. Es de este segundo filón que se desprende toda la franquicia de Macross, concebida por Shoji Kawamori en 1982 y que, aunque consolida la popularidad del mecha como subgénero de la ciencia ficción –recordemos que el iniciador del mismo es Go Nagai con Mazinger Z (1972)–, le resta su conexión con el terror cósmico lovecraftiano.

Imagen tomada de http://www.toponeraegunbuster.com/Gunbuster-Aliens.html

Llegados a este punto, podemos aquilatar mejor la importancia de las seis OVA en las que pensó Hideaki Anno, para plasmar Top wo nerae! Gunbuster (1988), su primer trabajo como director en Gainax. Los insectos espaciales que viajan a la velocidad de la luz, devorando estrellas para reproducirse, y cuya finalidad es destruir al género humano para mantener el equilibrio del universo,porque nuestra especie se ha convertido en una amenaza (¿ecológica?) –recuerden que antes Anno había trabajado con Hayao Miyazaki en Kaze no Tani no Naushika (1984)–; no solo revelan una reactualización del terror cósmico –en ese sentido, es un clásico de la animación japonesa esa escena de la tercera OVA en la que muere Smith, mientras Noriko está paralizada dentro de su mecha–, sino una inversión original del mito: ¿no será el homo sapiens el verdadero y único Cthulhu?

eltripodedehelena

Estudié literatura e historia del arte. En la actualidad, me dedico a la docencia universitaria. Me gusta la música de los ascensores, las mascotas silenciosas y el té.

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