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  • Sakamichi no Apollon: la cuesta que todos debemos subir

    Sakamichi no Apollon: la cuesta que todos debemos subir

    Shinichiro Watanabe, que es muy posiblemente junto a Hayao Miyazaki y Hideaki Anno uno de los nombres más recordados en Occidente al pensar en un director de animación japonesa gracias a la inolvidable “Cowboy Bebop” (1998), se encontraba en busca de proyectos que desarrollar. Desde su participación en “Genius Party” (2007) con el corto “Baby Blue”, no había vuelto a la dirección de una serie o película; sus emprendimientos habían sido cancelados por una u otra razón (muchas veces económica). Es entonces que, a inicios de esta década, recibe una llamada de Masao Maruyama, fundador de estudio MAPPA, que le pide leer un manga sobre unos muchachos que forman un vínculo gracias a su interés en la música jazz en el Japón de los años 60. Watanabe no lo leyó, pero supo inmediatamente que la intención de Maruyama era la de hacer una adaptación.

    “Sakamichi no Apollon – Kids on the Slope” («Apolo de la cuesta – Niños en la pendiente». “Apollon”, de origen francés, puede hacer referencia tanto al dios griego como significar ‘joven apuesto’) se estrenó en la primavera boreal del 2012. Con 12 episodios, esta teleserie marcó el regresó de Watanabe a la dirección y, con una pequeña participación de Tezuka Productions Co., fue el primer proyecto de MAPPA.

    Portada de la edición casera en DVD para USA

    La historia empieza en 1966, en una de las cuatro islas principales que conforman el archipiélago japonés, la que se encuentra al sur del país, Kyushu. Kaoru Nishimi, un adolescente delgado y con lentes, sube la cuesta hacia su nueva escuela; por dentro, se queja de su situación y está decidido a no relacionarse con sus nuevos compañeros. Ya en clase, conoce a la simpática y amable Ritsuko Mukae, a la que se le ha asignado la tarea de enseñarle el colegio. Kaoru muestra un inmediato interés en ella, pero ante el acoso de otros estudiantes y los murmullos de sus compañeros, huye para calmar las náuseas que le provoca la agitación del momento hacia el único lugar que le da paz: la azotea del edificio. En su camino, dormido bajo una sábana, encuentra al fornido Sentarou Kawabuchi. Tras algunos problemas, ambos se irán conociendo: Sentarou tiene reputación de buscapleitos y es amigo de la infancia de Ritsuko. Cuando se revele que Kaoru toca el piano y Sentarou la batería, la conexión musical abrirá la puerta a una serie de encuentros, relaciones, alegrías y decepciones que marcarán profundamente a sus protagonistas al ritmo del jazz.

    ¿De dónde salió MAPPA, que le ofreció su primer proyecto a Watanabe? Todo empezó con Madhouse. Este estudio lleva décadas en la industria de la animación y entre sus fundadores suenan nombres como Rintaro o Kawajiri; incluso si uno no es aficionado al anime, puede haberse topado con alguna de sus producciones: las películas de Satoshi Kon; las del mismo Kawajiri; series como “Card Captor Sakura”, “Monster” o “Death Note”, por citar sólo algunas en su muy extenso haber. A inicios del 2011, Masao Maruyama, uno de los fundadores, decide apartarse y con animadores salidos de ahí forma MAPPA, que carga con la visión de la antigua Madhouse: producir para diversas demografías, aceptar contenido arriesgado y presentarlo con calidad.

    Así, llegamos al manga de Yuki Kodama, “Sakamichi no Apollon”. Esta historia, que empezó su publicación en 2008, completó nueve tomos, más un décimo de historias cortas de sus personajes y un pequeño epílogo. Watanabe aceptó la oferta de dirigir y una de las primeras cosas que pensó fue en contactar a Yoko Kanno. Desde hace algún tiempo, quería volver a trabajar con ella y le propuso hacer la música de la serie. Y vaya música.

    Yoko Kanno en la dirección de una de las sesiones de grabación

    Aunque la mayoría de “performances” de los personajes son variaciones de música ya compuesta, son meritorios los arreglos de Kanno, que no pierden su brillo a pesar de las restricciones de tiempo (hay composiciones para jazz que de ser mostradas completas se llevarían la mitad de un episodio, sin contar con la improvisación propia de este tipo de música). Por otro lado, las composiciones originales se sienten más en segundo plano; no desencajan para nada, pero, salvo uno que otro track por ahí, no resaltan. Uno podría pensar que Kanno descuidó ese aspecto, pero fue hecho adrede: para acentuar la fuerza musical de las interpretaciones, se decidió hacer que lo demás sólo sonara como simple acompañamiento de las situaciones.

    Pasando a los openings y endings, si has estado en el mundo del anime por algún tiempo, reconocerás a YUKI como la vocalista del grupo JUDY AND MARY, especialmente por su canción “Sobakasu” («Pecas»), utilizada en la serie “Rurouni Kenshin” (1996). Te agraden o no sus interpretaciones, casi se puede asegurar que el espectador se sentirá movido por “Sakamichi no Melody”: Kanno, que proporciona la música, se apodera de la canción, toma la voz de Yuki y la fusiona en un todo que tiene vitalidad para regalar; esto, sumado a las imágenes y letra, que expresan ambas esa vivacidad e intensidad propia de la interpretación musical y la juventud que, sorprendentemente, aunque la situación en el episodio que abre sea solemne o triste, no llega a desentonar. Por otro lado, la canción del ending, “Altair”, interpretada por Motohiro Hata, resulta mucho más calmada, con imágenes que pasan del tiempo casi detenido a la esperanza (representada por el color que trae una tarde despejada de verano) y luego a algo de frustración. No queda mal, pero es muy posible que el espectador sienta que sus últimos momentos echan a perder un poco el ambiente creado por el final de un episodio (especialmente del último).

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    Por el lado de la animación, “Sakamichi no Apollon” es muy agradable de ver. Los diseños de personaje de Nobuteru Yuki, que también trabajó en “Escaflowne”, intentan mantenerse fieles a los de la fuente, sin exageraciones en las formas o los rostros. Uno notará, especialmente, el uso de una sombra difuminada constante para resaltar la sensación de profundidad en los cuerpos y caras.

    Pero lo que definitivamente llama la atención es la animación de las interpretaciones musicales: el movimiento de los personajes al tocar los instrumentos es muy fluido, el detalle en el dibujo de los dedos pueden incluso hacerle pensar a uno que está viendo rotoscopía. Al investigar un poco sobre la realización de esas tomas notables, uno se topa con que Watanabe, Kanno y su equipo usaron referencias reales para los animadores: grabaron a músicos en un estudio con un montón de cámaras de todo tipo, la mayoría prestadas de amigos y familiares debido a restricciones en el presupuesto, desde diversos ángulos. La solución más simple y económica habría sido utilizar animación generada por computadora (CG), pero decidieron que no se vería real y fueron por el camino más arduo (y se les agradece). El CG es usado con criterio principalmente para máquinas, pero el espectador posiblemente no lo note a menos que preste especial atención. El resto de la animación se mantiene consistente a lo largo de la serie.

    En la imagen superior: Posición de las cámaras, muchas de ellas prestadas de familiares y amigos de la producción, que se utilizaron para grabar las interpretaciones desde distintos ángulos y que sirvieran de referencia para los animadores. Abajo: Comparación entre el storyboard grabado y la animación final.

     

    Los adolescentes en la cuesta

    La historia de “Sakamichi” está cimentada en dos personajes: Kaoru y Sentarou (interpretados respectivamente por Ryouhei Kimura y Yoshimasa Hosoya). La situación de uno es el reflejo de la del otro. La vida actual de Sentarou parece alegre al compartir una casa pequeña y pobre, pero animada, con cuatro hermanos y una risueña madre adoptiva, mientras su padre trabaja lejos y regresa a casa muy de vez en cuando. Por otro lado, Kaoru vive en la casona de un tío, con muchas comodidades, pero nos damos cuenta de inmediato de que no hay mayor familiaridad entre ellos, sus relaciones son frías y, en un primer vistazo, la amplitud de la casa resalta esa sensación de soledad; su padre viaja mucho por cuestiones de trabajo y lo ve muy poco. En ambos, la figura paterna es lejana, pero representa cosas opuestas: en el caso de Sentarou, su recuerdo trae dolor y la posibilidad de su regreso representa desequilibrio. En el de Kaoru, el padre trae esperanza, se ansía su regreso, sus memorias remiten a un tiempo más feliz.

    Dado que solemos acompañar las cavilaciones de Kaoru, notaremos su envidia por la situación del otro. En una primera impresión, este desear las cualidades o circunstancias ajenas se nos presentará en forma de amor colegial: Kaoru imagina que Ritsuko (interpretada por Yuuka Nanri) prefiere el atrevimiento y fuerza de Sentarou, y cree que no está a la par. Las razones de las preferencias de ella van un poco más atrás en el tiempo y parecen tener que ver con su inclinación maternal. Podría darnos la impresión de que como personaje, palidece en comparación con los otros dos, y razones hay para pensarlo: no muestra un interés particular en alguna actividad fuera de la órbita de los dos muchachos, e incluso el hacerla profesar la fe cristiana no aporta a la historia más que para relacionarla con Sen. Esto empieza a notarse más con la aparición del otro personaje femenino prominente en la historia, Yurika Fukahori (a quien le pone la voz Aya Endo), una “senpai” a la que Sentarou ayuda cuando es acosada por unos tipos y de la que se enamora a primera vista. A diferencia de Ritsuko, Yurika muestra intereses que no tienen que ver necesariamente con los protagonistas y, más adelante, toma decisiones con madurez y firmeza, aunque no sin riesgo, sobre su futuro. Sin embargo, Ritsuko también tiene preocupaciones propias más grandes que están medio camufladas, pero que encuentran su vía de salida en las relaciones que mantiene con los muchachos, y que tienen que ver con la confianza en uno mismo.

    De izquierda a derecha: Ritsuko Mukae, Sentarou Kawabuchi, Kaoru Nishimi, y Yurika Fukahori

    Y este es un punto en común en los personajes de “Sakamichi no Apollon”, aunque pueda no parecerlo, aunque estemos metidos en la cabeza de Kaoru y sea más evidente en él, aunque sea más esquivo en los demás: los personajes más jóvenes tienen grandes inseguridades, algunas de ellas provenientes de heridas dejadas desde antes que la historia empiece y que posiblemente los acompañen un buen tiempo. Y, ¿no nos sucede a todos en la adolescencia y juventud, en dónde definimos una personalidad? ¿No cuestionamos nuestras capacidades y valía? ¿No nos comparamos con otros en un intento por descubrirnos a nosotros mismos? No es de extrañar que la música, el jazz en particular, encaje tan bien al exteriorizar los sentimientos de los protagonistas: nunca se sienten más en casa, más auténticos, más que son uno mismo, sea quien ese ser sea, cuando se dejan llevar por los instrumentos.

    Shinichiro Watanabe sabe dosificar la cuota de situaciones a lo largo de sus episodios de tal modo que no hay alguno que no contribuya a que la historia avance de forma significativa. Aunque también hay algunas conveniencias. No son muchas, no echan a perder la experiencia, pero no es posible no notarlas. Esto, tal vez, responde a la amplitud de la fuente (recordar que se han puesto nueve tomos de manga en una serie de doce episodios). Hacia el final, puede haber una sensación de leve apresuramiento acentuado por un salto temporal, pero la serie no se traiciona a sí misma, continúa con las ideas que dejó plantadas y resulta incluso admirable la economía de recursos para cerrarla: acomoda las piezas y ya no dice más. No es necesario.

  • Breves apreciaciones sobre Shingeki no Kyojin hasta el episodio 8

    Breves apreciaciones sobre Shingeki no Kyojin hasta el episodio 8

    Después de 3 años y medio de espera, la segunda temporada de «Shingeki no Kyojin» estrenó su primer episodio (el 26 de la historia en general) el 1 de abril. Aunque las cabezas de la serie anterior volvieron, hubo un cambio importante: Tetsurou Araki pasó a supervisar el proyecto como director jefe, mientras Masashi Koizuka asumió la dirección propiamente dicha. Koizuka ya había participado en la primera temporada en varias labores, e incluso dirigió cuatro episodios, entre ellos el 25.

    Imagen promocional de la segunda temporada

    Primero, la canción de apertura de la serie, «Shinzou wo Sasage yo!» («¡Ofrece tu corazón!»), sigue la línea que había sido iniciada con las dos primeras, especialmente la segunda, «Jiyuu no Tsubasa» («Alas de libertad»): un himno para ser cantado con la postura firme y una mano al pecho, proporcionado otra vez por la banda Linked Horizon.

    Pero lo más sorpresivo vino del lado del ending: “Yuugure no Tori” («Ave del crepúsculo») de la banda Shinsei Kamattechan es, sin duda, una canción poco común: con una voz distorsionada acompañada de un coro casi fantasmal (que suena infantil), resulta inquietante a la vez que adictiva. Por su lado, las imágenes, que se presentan como si hubieran sido filmadas y conservadas en celuloide maltratado (aunque parezca un anacronismo) y se asemejan a ilustraciones medievales, plantean una historia propia que varios han señalado como portadora de spoilers importantes, los mismos que reconocerán aquellos que sigan la historia impresa, pero que sin contexto, deja a los que seguimos la animación con varias dudas y abre la puerta a múltiples hipótesis.

    Algunas series se toman muy en serio el poner al corriente al espectador luego de que regresan al aire para una segunda parte por temor a perder su atención o para no asustar demasiado a quienes planeen saltarse la primera y, así, obtener una mayor audiencia. “Shingeki no Kyojin” nos deja bastante claro desde el principio que tiene pocas contemplaciones con los espectadores nuevos. Hay un brevísimo resumen al inicio del primer episodio y nada más. Asume que las explicaciones de su mundo, las reglas con las que se juega, ya se dieron y, principalmente, se mostraron anteriormente. Tiene la confianza, a pesar de haber sido emitida hace más de tres años, que los espectadores conocen a sus personajes.

    “Shingeki no Kyojin” planteaba una historia de supervivencia en la que la única opción que le quedaba a la humanidad era salir de la comodidad de sus muros, enfrentarse a los peligros del mundo (los titanes), ir a lo desconocido y desentrañar misterios que obstaculizaban su camino, porque, tarde o temprano, el permanecer encerrados los eliminaría. Claro, la decisión de aventurarse más allá de una supuesta zona segura no bastaba y el precio a pagar se traducía en vidas. Muchas vidas. Pero pronto descubrimos la conciencia de grupo, de sacrificio personal por conseguir un ideal mayor (como la naturaleza de himno de los OP nos recuerda).

    Esta continuación sigue con esa idea. Se hace presente en el ambiente en general, pero también en las pequeñas historias. Hay más espacio para ver a los compañeros de los centrales Eren, Mikasa y Armin (cuyas relaciones y motivaciones ya son conocidas y que habían tenido bastante pantalla en la serie del 2013). Así, podemos conocer un poco más a algunos de estos personajes, parte de su pasado, seres que les eran queridos en entornos que les eran familiares. Este tiempo es importante, los aleja de ser simples figuras que rellenan el espacio, de ser sólo la chica obsesionada con la comida, del bajito del grupo. Mientras que con otros, multiplica la intriga: al dosificar lo que sabemos de ellos, nos hace querer conocer más. Aunque “Shingeki no Kyojin” no se ha caracterizado precisamente por mostrar personajes muy complejos, se da mano suficiente para que nos preguntemos qué llevó a algunos a hacer lo que hacen y cómo se conecta con los sucesos mayores.

    En este tramo, la narración se ha centrado en seguir un evento medular con el agregado de flashbacks. Aunque a la serie estos últimos no le son desconocidos, esta vez su presencia se hace notar por dedicárseles más tiempo. Funcionan muy bien para esconderle información al espectador, hacerles reevaluar situaciones y comportamientos ya vistos, aunque sacrifica un poco el ritmo. Con unos cuantos episodios, la aparición del segmento que nos muestra algo que sucedió hace unas horas o unos años ya es esperada e, incluso, da la sensación de seguir una rutina. A pesar de esto, hasta el episodio 7 se mantiene cierta sensación de urgencia.

    Para el octavo, hay un momento de calma. Luego de la acción y las liberaciones (y ocultamientos) de información que derivaron en el clímax del séptimo: el descubrimiento de la identidad del titán colosal y el titán acorazado, sigue una sensación de derrota. Y a esta una reafirmación: aunque las cosas no hayan salido de la mejor manera, no hay que dejarse vencer y continuar. «Nunca lo vi ganar, pero tampoco lo vi rendirse derrotado», dice Hannes sobre Eren para motivar a Mikasa y a Armin. Para motivarse a sí mismo. Ese es un buen recordatorio de lo que se propone la serie: esta no será la última vez que sientan que han fracasado, pero lo importante es volverse a levantar, salir nuevamente aunque el mundo intente devorarte. Conocer la verdad.

    https://www.youtube.com/watch?v=x_1rOzwzKXw

  • Paradise Kiss

    Paradise Kiss

    A principios del año 2005, FUJI TV inauguró una sección especial en su programación. Dicha sección estaba destinada a ser un espacio para exhibir animación que escapara al público usual y mayoritario de este medio (adolescente masculino). Así nació noitaminA (“Animation” escrito en reversa) en horario cercano a la medianoche. Para el último tercio de ese año, la primera teleserie en salir al aire en el horario asignado al proyecto, “Honey & Clover”, estaba terminando su primera temporada. Le tomaría la posta la adaptación del manga de una mujer a la que en los noventa ya le habían animado un par de sus creaciones, Ai Yazawa. “Paradise Kiss” salió por la señal de FUJI TV en octubre y llegó a los 12 episodios. Animada por estudio Madhouse y con la dirección de Osamu Kobayashi, fue la segunda teleserie del espacio NoitaminA.

    Afiche promocional de la serie de TV

    En un soleado día en la ciudad, Yukari Hayasaka, una adolescente de oscuro cabello largo y traje escolar, camina por la calle entre el mar de gente con rostro apático y hasta fastidiado cuando escucha un voz que la llama de súbito. Creyendo que es algún tipo interesado en coquetearle, trata de ignorarlo, hasta que es detenida por el brazo. Ella, comprensiblemente enojada, voltea e intenta dejarle en claro que no desea salir, pero se autointerrumpe al darse cuenta que el joven que la ha parado lleva piercings en la cara, el cabello largo, y viste como un rockero. Un poco asustada, sólo atina a correr. De pronto, choca con alguien. Ella se disculpa y se dispone a continuar, pero el tipo le grita a la persona con la que chocó, a la que llama Isabella, que la atrape. Yukari cree que esta otra persona de apariencia particular es un dios de la muerte y se desmaya en sus brazos. Al despertar, se encuentra en un lugar parecido a un bar. Ahí, el tipo de los piercings, Arashi, una menuda y pelirosa chica en vestido de igual color, Miwako, e Isabella le explican que pertenecen a la escuela de diseño Yaza y que querían hablar con ella para que fuera la modelo del vestido que están confeccionando para el final de su curso. Yukari rechaza la oferta, entra en una discusión con Arashi y se va enojada. Más tarde, se da cuenta que ha perdido su libreta de identificación y que posiblemente tenga que volver para reclamarla. Al salir de la escuela, un tipo apuesto y algo extravangante en el vestir la espera cerca de su auto: es Jouji, compañero de los otros tres. Este la convence de que lo siga si desea recuperar su libreta, lo que la llevará a reconsiderar la propuesta hecha. ¿Cómo cambiará el futuro de Yukari después de encontrar a estas personas? ¿Cómo se lo cambiará a ellos?

    «El pequeño sótano estaba alejado de la avenida principal, en el centro de un laberinto de callecitas. Para llegar, tenías que bajar unas gradas hacia una puerta linda y pequeña. A través de las paredes de estridente color rosa, con el aroma como de galletitas chinas, resonaba la voz histérica de un cantante. A aquel lugar que parecía un escondite, le llamaban “atelier”». Estas son las palabras con las que Yukari nos recibe nada más iniciar el primer episodio. Reflejan algo de alegría, pero sobre todo nostalgia, que no llegamos a comprender del todo, pero que significarán mucho en retrospectiva. El “Atelier” (palabra francesa para designar el estudio o lugar de trabajo de un artista) no sólo es un lugar físico, es la memoria de un tiempo. Los símbolos evidentes de esto son las mariposas dibujadas en el camino de gradas hacia su puerta y esa luz dirigida a un punto específico en la entrada. Sobre las primeras, si uno ha estado en contacto un tiempo con la cultura japonesa, se habrá dado cuenta que aparecen en muchos de sus productos; las mariposas representan transformación. Por otro lado, la luz en la entrada cae de tal forma que crea un corazón. Llegar al “atelier” representa ese momento (o los muchos momentos) en la vida en el que nos llega la oportunidad de cambiar, así como sucede con Yukari. También es el lugar en donde conocimos el amor, no sólo el romántico, sino también el fraternal, pero sobretodo el propio.

    Ya en “Paradise Kiss” (o “Parakisu” para los amigos), veremos como la serie presenta el drama: sin exaltación excesiva. Algunos ejemplos: en los primeros episodios, hay un reencuentro entre dos personajes, ambos no se han visto en un par de años y terminaron su relación de forma un poco dolorosa; no esperaban reunirse, pero sucede por intervención de una tercera. Lejos de exteriorizarse con dramatismo exagerado, se toma el asunto con calma y las personas hablan como seres civilizados. En otro momento, Yukari es reprendida por su madre y esta le suelta una bofetada. Yukari lo narra sin mucho sentimiento, no porque no le afecte emocionalmente el castigo, sino porque su mente está viendo, en ese momento, circunstancias mayores. Y así en otras situaciones. El material empleado en los tres primeros episodios de “Paradise Kiss” podría haber sido utilizado, por ejemplo, en un shoujo clásico (sin desmerecer el género) con encontronazos, malentendidos y gente ocultando lo que siente por toda una temporada, pero la serie trata de ser más directa, más con los pies en la tierra.

    Los personajes son vitales en esto: Yukari, apodada Caroline o Carrie, encuentra a este grupo de gente que lleva su vida de forma diferente a la suya y cuya visión de futuro le es ajena. En especial, su relación con Jouji, también llamado Georgi, es lo que hace que se abra a nuevas experiencias y vea que no sólo existe un camino en el mundo. Ambos están bien trabajados, son complejos y uno, como espectador, se verá en un tira y afloja sobre que tanto le agradan o desagradan sus actitudes y decisiones (muy especialmente en el caso del segundo). Y con los secundarios (Arashi, Miwako, Isabella y Hiro Tokumori), cuando no se les está dando el protagonismo de alguna escena, se pueden ver indicios de personalidades con matices.

    Osamu Kobayashi

    Internándonos un poco en la producción de la serie de TV, encontramos a Osamu Kobayashi, cuyos trabajos más notorios en dirección hasta el 2004 habían sido los cortometrajes “Table and Fishman”, parte de la compilación de cortos “Digital Juice”, y “End of the World” (ambos con el estudio 4°C). Luego le llegaría la oportunidad de estar a cargo de un proyecto con más gente y de mayor duración: la teleserie “BECK: Mongolian Chop Squad” (2004) de estudio Madhouse. Al terminarla, con la experiencia ganada y nuevamente el apoyo de Madhouse, decide continuar en televisión: es así que se echa a andar el proyecto “Paradise Kiss”, basado en el manga de Yazawa.

    Ai Yazawa y la portada del volumen 1 de la edición para USA del manga

    Ai Yazawa empezó la publicación de «Parakisu» en “Zipper” (una conocida revista japonesa de modas) y en el año 2000 salió a la venta el primer volumen recopilatorio. Llegarían a ser cinco en total. Aunque antes, ya había escrito una serie manga en el mismo universo: “Gokinjo Monogatari” («Historias del vecindario»). Este es un shoujo, adaptado también a una serie de TV en los noventa por Toei, que ocurre muchos años antes de “Paradise Kiss”, aunque no es necesario revisarlo para comprender tanto el manga como la teleserie. Para estar seguros de las decisiones tomadas durante la producción, el director contó con la presencia de la autora, y los cambios realizados fueron acordados entre ambos.

    Para los diseños de la ropa de ”Parakisu” se contó con un diseñador que adaptó los trabajos de Yazawa, algo que fue sencillo ya que a la mayoría de modelos no se les hizo mayores cambios. El diseño de personajes corrió a cargo de Nobuteru Yuki. Y se nota: es un gusto ver los primeros planos de los rostros de los personajes: hay especial atención en los ojos y los labios. Por eso es una lástima cuando los cuerpos y caras no pueden mantener sus formas en la mayoría de planos conjuntos o abiertos (algo que parece ser una tara más o menos común incluso en producciones con buen presupuesto). Un par de puntos fuertes y que no deben dejarse sin mencionar son el opening y el ending. La música sintética de “Lonely in Gorgeous” de Tommy february6, una de las personalidades artísticas de la cantante Tomoko Kawase, cae muy bien para abrir los episodios, así como el montaje de imágenes que le hace juego. Y el cierre, “Do You Want To” de la banda escocesa Franz Ferdinand, se cuela con facilidad en los segundos finales de cada capítulo, excepto en uno o dos en el que aparece casi por sorpresa. Cabe señalar que es muy probable que el espectador no quiera saltarse ninguno de los dos en cada entrega.

    [youtube https://www.youtube.com/watch?v=NgMAKuJIkmc&w=640&h=360]

    Pero no todo va tan bien como quisiéramos. Aunque se pudo sentir algo en uno de sus primeros episodios (el tercero), la sensación de que se está corriendo en el último es notable. Esto quizá le viene de su necesidad de ser fiel al manga, pero quedarle poco tiempo: intenta meter todos los hechos del final de la historia aunque se sientan poco sólidos, hay dramas que de pronto estallan y se solucionan rápido porque parece que tenemos que darles un final a todos. Esto es más visible con los personajes secundarios. Tal vez con un episodio más, todo se habría sentido más consecuente. Pero es lo que hay. Para los que deseen más detalles en el último tramo, pueden recurrir al manga: los hechos fundamentales no cambian, ambos terminan igual, pero se da más tiempo y hay más explicaciones. Este es, posiblemente, el mayor traspié de la serie («Sakamichi no Apollon» se toparía con dilema similar para su último episodio, pero las decisiones tomadas por Shinichiro Watanabe y su equipo son mucho más satisfactorias en comparación: cambia los hechos de la historia original, pero mantiene la esencia, para llegar a la misma conclusión de forma coherente y más económica).

    Con todo, “Paradise Kiss” es recomendable si te agradan las series que tratan de forma seria las relaciones sentimentales al entrar a la juventud; en las que los personajes se cuestionan qué es lo que realmente quieren hacer con su vida en una etapa muy sensible y con la que resulta fácil identificarse; porque quién no se ha dicho alguna vez, como repiten ciertos personajes de otra teleserie sobre el cambio: «¿esto es lo que quieres o es lo que otros esperan de ti?».

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  • Shigurui

    Shigurui

    Peregrinemos al pasado para conocer un mundo que puede ser brutal si nos descuidamos.

    En julio del año 2007, hace ya casi 10 años, se estrenó en Japón la teleserie de 12 episodios “Shigurui”. Se transmitió a través de la señal de TV satelital WOWOW, conocida por tener en su programación animación dirigida a un público adulto. La producción de su animación corrió a cargo de estudio Madhouse con la dirección de Hiroshi Hamasaki.

    Portada de la edición en Bluray para USA de «Shigurui»

    Es el sexto año de la era Kan’ei (1629), Tadanaga Tokugawa, hermano del shougun Ieyasu, llama a los espadachines más hábiles de la región a participar en un torneo realizado en el castillo Sunpu. Contrario a las costumbres de una época de paz, es el deseo de Tadanaga que estos se enfrenten con espadas de verdad en lugar de las de madera. Esto alarma a su corte, que ve en esta insensatez la pérdida de valiosos guerreros por una poco disimulada sed de sangre de su señor. A pesar de intentar disuadirlo, Tadanaga continúa, con más gusto, con la idea. Entonces, con los preparativos ya realizados, el día de los enfrentamientos llega. Protegidos del intenso sol, en el patio del castillo, el señor y su corte esperan por los participantes: el primero en salir es Fujiki Gennosuke, representante del clan Iwamoto, empuñando su arma con la diestra. Inmediatamente, llama la atención de la audiencia: más allá de su visible musculatura y buena forma, Fujiki carece del brazo izquierdo. Mientras se encuentran murmurando sobre como un hombre en ese estado podría ser digno de participar, ingresa el segundo: Irako Seigen. Aparece tomado de la mano de una mujer y todos se dan cuenta rápidamente de que cojea, pero no sólo eso, Irako está ciego. Ya en el campo de batalla, ambos se colocan en poco ortodoxas posición de ataque. Esta pelea se definirá en solo un movimiento. Mie Iwamoto, que acompaña a Fujiki, parece guardarle un profundo rencor a su contendiente. Ambos tienen una historia que se remonta siete años atrás: ¿Cómo llegaron ambos a tal estado? ¿Qué propició ese odio?

    La secuencia de apertura de “Shigurui” está inundada de rojo: hilos carmesí se extienden como si de vasos capilares se tratara. Es un presagio de lo que nos tienen preparado. Y es que su historia es presentada con un realismo crudo que hará alejarse al público que no soporte lo explícito de sus enfrentamientos, la profusión de sangre y otros fluidos, y los cuerpos mostrados al natural. Todo en un marco histórico que tiene poco de romántico, como muchas historias de caballería, y sí mucho de cruel.

    El director, Hiroshi Hamasaki

    Esta conciencia del cuerpo hizo que la historia contada en “Shigurui” pegue tan bien con el estilo visual desarrollado en ese tiempo por Hiroshi Hamasaki y que fuera un acierto el encargarle el proyecto. Antes, en el 2003, había dirigido “Texhnolyze”, y si han llegado a ver el primer episodio (del que se ocupó personalmente), notarán como los personajes se expresaban, ante los casi inexistentes diálogos, a través de acciones, movimientos y tomas que hacían énfasis en partes de sus cuerpos. El hincapié en lo corpóreo se traslada a “Shigurui”: el remarque de los músculos que se contraen, las vísceras expuestas, los fluidos, los planos detalle. Esto podría leerse duro y hasta gratuito, pero ayudan a generar sinestesia en los espectadores. ¿Qué es la sinestesia? En los medios audiovisuales, es el estímulo de sentidos distintos a la vista y el oído a través de estos mismos. Así, utilizando lo que se ve y oye, se pueden generar, por ejemplo, sensaciones táctiles.

    Otro punto importante es la iluminación. En «Shigurui», hay un contraste marcado entre las situaciones en las que reina la oscuridad y los días soleados o que, según la estación, están cubiertos del blanco de la nieve. En todos, las sombras en cuerpos y ropas están presentes. Los colores han perdido toda su vitalidad, excepto por el rojo de la sangre, de las llamas y del cielo al atardecer de cierto episodio, o el azul del cielo claro en otro. El detalle en los diseños de personajes, de Masanori Shino, y su iluminación llega a tal grado que puede verse el brillo de ojos y labios (lo que resalta su carácter blando). En una escena, Mie está en su habitación arreglándose, una serie de cortes de edición hacen que cambien los planos que la muestran, el cuadro corta su imagen por debajo de los ojos y, al llegar a un plano detalle, vemos como se toca un labio. La iluminación, la edición y la fotografía consiguen generar esa sensación de nuestro tacto a través del de ella, sin que, obviamente, la hayamos tocado. Nuevamente, sinestesia.

    Marcada presencia de la luz y las sombras en tres fotogramas sacados de una de las escenas iniciales de la teleserie

     

    Mientras, el sonido procura transmitir sensaciones que van más allá de las auditivas: la caída de gotas, la viscosidad de partes humanas, el canto de las cigarras (que llega a ser, en cierto punto, ensordecedor). En el aspecto musical, la banda sonora es casi omnipresente, como si estuviéramos viendo una presentación teatral. De hecho, los tambores y el sonido de las cuerdas recuerdan al teatro tradicional japonés y le otorgan a todo un aire solemne, de gravedad o de peligro inminente. Esto encaja muy bien con la sensación de que el mundo en el que viven los personajes es hostil y que, si se descuidan, podría matarlos. Y es que, como ya deben haberse dado cuenta, en “Shigurui” no hay humor. Kiyoshi Yoshida proporciona la música (el opening y el ending son también instrumentales). Al año siguiente (2008), se la pondría a una serie con la que compartiría semejanzas en ese apartado y de la que hemos hablado antes: “Kurozuka”.

    Takayuki Yamaguchi y el primer volumen de la edición japonesa del manga de «Shigurui»

    Antes de ser una teleserie, “Shigurui” fue un manga inspirado por una novela. En específico, por el primer capítulo de esta. En 1993, Norio Nanjo publicó “Suruga-jou Gozen-jiai”, que llegaría luego a manos de Takayuki Yamaguchi. Yamaguchi expandiría la historia hasta llegar a 15 tomos de manga, cuyo primer número salió a la venta a mediados del 2003. Y aquí viene uno de los más importantes puntos a señalar con respecto a su adaptación televisiva: se queda a mitad de la historia. Los doce episodios de la serie llegan hasta el capítulo 32, tomo 7, del manga. No dejan un pequeño epílogo ni nada similar. Aunque se puede decir que se termina un miniarco y algo importante se ha conseguido, uno fácilmente puede creer que hay un episodio 13 o más, pero no. Con lo cuidada que está y con ese estilo visual distintivo que tiene, si eres de los que no les gusta que las adaptaciones se queden a medias, tal vez valdría pensártelo con “Shigurui”. O recurrir luego al capítulo 33 de la edición impresa.

    Aunque no se esté juzgando aquí el manga, cabe señalar que una vez revisado, no es posible no notar algunas cosas que resaltan en el producto audiovisual. La teleserie tiene un narrador, pero que es utilizado muy pocas veces, como si no quedara de otra, mientras que en el manga es una presencia constante. Así también los diálogos en la teleserie se han reducido un poco. Esto se debería, como se ha señalado antes, a la decisión del director Hamasaki y su equipo de darle preferencia a las imágenes y al sonido, en lugar de al diálogo expositivo.

    Son estas imágenes y sonidos los que transmiten más que una declaración: por ejemplo, uno de los asuntos tratados sin decírtelo a la cara en la serie de TV es la situación de la mujer en ese periodo de la historia japonesa. Estas sufren y son sometidas porque sus cuerpos están sometidos. La desnudez de estos refleja el control de otros, sobre algo que debería ser propio. Las convierten en objetos para un fin (como el placer o la posición social) y esto hace que vivan en un infierno. Nadie va a soltar un discurso sobre el tema en la serie, lo vamos a experimentar de forma dura (¿recuerdan la sinestesia?)

    Si no te preocupa la exposición gráfica descarnada de una época cruel y no te importa que la adaptación de su historia no esté completa, el cuidado puesto en cada uno de los aspectos de “Shigurui” (edición, fotografía, diseño de personajes, dirección, música, etc.) hace que sea una opción totalmente recomendable.

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  • Kurozuka

    Kurozuka

    Dirigida por Tetsurou Araki y producida por estudio Madhouse, “Kurozuka” es una serie de TV de 12 episodios estrenada en el 2008 y que se transmitió por la cadena japonesa Animax.

    (Izq. arriba) Portada del libro. (Izq. abajo) Portada del primer volumen del manga. (Der.) Imagen promocional de la serie de animación

    Japón, finales del siglo XII. Mientras huye por unas montañas boscosas en compañía de su fiel sirviente Benkei, Minamoto no Yoshitsune, también llamado Kuro, es atacado por unos extraños soldados. Kuro no los reconoce como enviados por su hermano, su perseguidor, aunque piensa que podrían ser de los muchos enemigos que tiene ya. Una vez vencidos, Benkei sugiere pasar la noche en una casa que divisa a lo lejos, y así un debilitado Kuro pueda descansar; allí son recibidos por una amable y muy hermosa mujer llamada Kuromitsu quien accede a darles cobijo bajo la condición de que no se acerquen a la habitación que está en el fondo de la casa. Al día siguiente, la situación de Kuro empeora y Benkei decide ir a buscar medicinas; ya solos, Kuro y Kuromitsu descubren la fuerte atracción que hay entre ellos. Esa noche, Kuro se despierta y, movido por un sonido, se dirige a la habitación prohibida, en donde se le revela el secreto de Kuromitsu y, poco después, enemigos suyos y soldados como los que enfrentó antes atacan la casa. Así inicia una trágica historia de amor y búsqueda que se expandirá por siglos.

    ¿Cómo nació esta historia? “Kurozuka”, la serie de animación, toma como base la novela homónima escrita por Baku Yumemakura, un prolífico autor que cuenta con más de 280 libros en su haber, publicada en el año 2000. De esta se hizo una adaptación al manga en el 2003 dibujada por Noguchi Takashi, que contó con 10 volúmenes. Posteriormente, en el 2008, llega la adaptación animada que, a pesar de compartir el mismo origen e intentar mantener lo esencial, difiere del mencionado manga para contar la historia a su manera. Pero Yumemakura no la ideó de la nada; muchos de sus escritos están basados a su vez en cuentos y mitología japonesa. Y esta no es la excepción. “Kurozuka”, traducido como «montículo negro», es una popular leyenda nipona de larga data y que, al igual que con el trabajo del escritor, ha inspirado a otros artistas de distintas áreas, incluyendo una puesta en escena de teatro Noh (teatro clásico japonés): “Adachigahara”.

    (1) La nodriza y la niña. (2) El monje prescribe la cura. (3) La nodriza en la gruta. (4) El ataque a la mujer encinta. (5) El amuleto. (6) El horror y la transformación

     

    En breve, la más extendida versión de la leyenda de “Kurozuka”, o el demonio de Adachigahara, cuenta la búsqueda de una nodriza por encontrar el remedio a la enfermedad de la niña que estaba a su cargo: el hígado de un recién nacido. Al consultar con un monje sobre la delicada salud de su hija, los padres reciben esta prescripción. Preocupados, le encomiendan esa difícil labor a la nodriza, que le tenía gran cariño a la pequeña. Pero al no encontrar voluntarios, luego de viajar por diferentes lugares durante muchos años, decide conseguirlo a la fuerza: se oculta en una gruta junto a un camino hasta que ve pasar a una mujer encinta, salta sobre ella y la mata. Entre sus cosas, halla un amuleto que reconoce como el que le entregó a la pequeña niña enferma antes de partir, y que se había convertido en esta mujer. Ante el horror de la revelación, se transforma en un monstruo y empieza a habitar cerca de montículos negros a la espera de viajeros incautos.

    Por otro lado, la obra de teatro Noh cuenta como unos monjes budistas llegan a la casa del demonio de Adachigahara y lo vencen con rezos antes de ser atacados. A los que sientan curiosidad por la obra, pueden encontrarla aquí en japonés sin subtítulos («Adachigahara»).

    La mención de esta es importante porque, como notará rápidamente el espectador de la serie, podemos reconocer en la animación motivos sacados de la puesta en escena. Para empezar, como antesala a los episodios, vemos a un intérprete enmascarado, propio de este tipo de teatro, que se mueve solemnemente y recita unas oraciones que sugieren (la sugerencia es una de las principales características del Noh) lo ocurrido en el episodio anterior (salvo el primer episodio, en el que es un pequeñísima introducción). Conforme avanzamos en la historia descubrimos que este no es un elemento separado, sino que se encuentra en el mismo mundo de “Kurozuka”. Esto le otorga una capa más de significado a por qué este intérprete y los que están presentes durante la puesta en escena tienen conocimiento de estos sucesos. Así también, es la voz del enmascarado la que nos recita, al final de cada capítulo, el nombre de los episodios que vendrán. Esto remarca una característica importante de la historia: la fatalidad, el destino trágico que tienen que cumplir sus personajes, los hechos ya escritos.

    El director de la serie, Tetsurou Araki

    Como hicimos notar antes, “Kurozuka” tuvo en la dirección a Tetsurou Araki; de hecho, este fue el tercer trabajo que tuvo a su cargo: venía de dirigir la OVA “Otogi Jushi Akazukin” (2005) que, debido a su éxito, se transformó en una serie de TV; y “Death Note” (2006), que le valió un gran reconocimiento tanto dentro como fuera de Japón. Los que hayan visto esta segunda, reconocerán un estilo visual particular que posteriores trabajos de Araki se encargaron de desarrollar y hacerlo su marca personal. “Kurozuka” no es la excepción, aunque tal vez uno no pueda darse cuenta con rapidez debido a que, a diferencia de la lucha de estrategias mentales sostenida entre Light Yagami y L en la que resaltar pensamientos y actos cotidianos (como comer papás fritas) pasan a ser momentos épicos, la búsqueda de Kuro y sus compañeros, desde un principio, está llena de momentos de acción y transcurre en un contexto en el que somos conscientes de la magnitud temporal por lo que podemos sentir que lo propuesto visualmente por el director encaja con más naturalidad. Esto no quita que en algunos de sus momentos más apacibles “Kurozuka” «delate» a Araki, momentos como arrojar una bolsa de heces y no dejar que su contenido nos toque (con fondo musical de película de suspenso para acompañar) o al probar un estofado hecho al aire libre.

    En donde lo reconoceremos de inmediato será en la secuencia de apertura, que tiene un storyboard hecho por él, algo que se ha vuelto usual en sus trabajos. Para este opening, el grupo WAGDUG FUTURISTIC UNITY acompañados de Maximum the Ryo-kun (vocalista del grupo MAXIMUM THE HORMONE) canta la contundente “SYSTEMATIC PEOPLE”, cuyo repetitivo “Ready to go” no podría describir mejor el carácter del viaje que vamos a presenciar.

     

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    Y por el lado del cierre tenemos «Hanarebanare» («Separados»), una muy sentida canción de SHIGI en la que vemos imágenes de una lámpara de papel en cuyas dos caras visibles están dibujados Kuro y Kuromitsu, esta última de cabeza, posiblemente para resaltar la separación a la que hace mención la letra, pero con una esperanzadora imagen final de ambos abrazados.

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    Un aspecto a resaltar en “Kurozuka” es el diseño de personajes de Masanori Shino: los rostros están dibujados con realismo, pero también con suma belleza, especialmente el de Kuromitsu. Es quizá este cuidado en los trazos de las caras lo que lo hace difícil de seguir: notaremos como no se puede mantener ese preciosismo en todo momento. Algo similar ocurre con los cuerpos: la figura humana común en “Kurozuka” es espigada con extremidades largas, aunque a diferencia de, por ejemplo, los diseños del grupo CLAMP, aquí es más notoria la presencia de masa muscular. Estos detalles no parecen poder permanecer constantes y es notable en el caso de las piernas en encuadres abiertos. ¿Esto daña visualmente a la serie? En conjunto, no; aunque uno pueda notar desproporciones o malformaciones, la sensación general es que los diseños son tan buenos que inevitablemente habrá partes en donde sufrirá y es más fácil de aceptar, y a eso hay que sumarle lo siguiente: en “Kurozuka” siempre está pasando algo, salimos de una situación para meternos en otra; por lo que nuestra atención no se centrará por mucho tiempo en ello.

    Y ese es otro punto (fuerte) de la serie: nos invita a estar atentos a los detalles, a los diálogos de los personajes, a dudar un poco de la situación en la que estamos, porque nos lleva de tal forma que creemos que realmente todo puede ser relevante, todo merecerá recordarse en algún punto de la historia, o que hay algo oculto que no llegamos a captar de inmediato, aunque no siempre ocurra. Incluso en los momentos en los que la maquinaria parece desacelerar y tengamos espacio para la contemplación (como el apreciar una pintura grande). “Kurozuka” es exigente en muchos momentos y es honesto con eso desde los primeros episodios, pero uno puede estar seguro de que el esfuerzo puesto será recompensado.